Antes la vida era sabrosa

Cerrejón mine 780x514 1 Por Fabian Grieger

 En el noroeste de Colombia se extrae el carbón para las centrales energéticas europeas. Muchos pueblos son desplazados por la mina a cielo abierto. Una visita a los que tenían que irse

Roche es un pueblo raro. Hay dos hileras de casas de piedra y entre ellos una gran área abandonada, bancos para sentarse, una cancha y un trepador, todos enmontados por completo. En las calles están los escombros de trabajos de renovación que ya eran necesarios después de poco tiempo. Casi no se ven personas, es un paisaje triste en el Nuevo Roche, que originalmente debía ser una propuesta a futuro. ”Aquí vivo mal”, dice Ismael, de 56 años, rasgos bondadosos, pelo corto y gris. Camina lentamente por su patio, de vez en cuando se siente el viento, sin embargo hace mucho calor. La tierra es seca.

En Roche habitan 25 familias afrodescendientes, que antes vivían en un pueblo de casas de barro en las moñtanas verdes, a unos 20 km hacía el oriente, donde podían sostenerse a través de la agricultura. Por la mina de carbón a cielo abierto en el departamento de La Guajira, en el Noreste de Colombia, han sido reasentados.

Todo esto en una región que siempre ha sido abandonada por el Estado y su centralismo. Golpeada por el conflicto armado entre el Estado y las guerrillas, por un lado, y por la incursión paramilitar con el beneplácito de los gobiernos, por el otro, y cargando la fama de que la política regional sea especialmente corrupta. En el centro del país es común dar unos pesos “para niños que sufren del hambre en La Guajira”.

En 1986, cuando la mina de carbón El “Cerrejón” empezó con la extracción, se generó la esperanza para el bienestar de la región. Hoy el hoyo pertenece a la empresa conjunta de los gigantes de materias primas Glencore Xstrata (Suiza), Anglo-American (Surafrica/Inglaterra) y BHP Biliton (Australia/Inglaterra). Con 69.000 hectáreas es una de las minas de carbón a cielo abierto más grande del mundo. En 2013 la cifra anual de negocios era de 2,5 mil millones de US-dólares, el 100% del carbón es exportado a otros países (Colombia genera su energía más que todo por hidroeléctrica). El 35% de las exportaciones van a Europa, la mayoría a los Países-Bajos y a Alemania. Son las empresas de RWE, ENBW y EON, quienes compran el carbón del Cerrejón para tratarlo en sus centrales térmicas carboneras. En Alemania se estima que la última mina de carbón de piedra cierre al año 2018, siendo el Cerrejón una despensa clave para esta potencia europea.

Casi nada en el Nuevo Roche, donde todo ha sido planificado por la empresa, recuerda al antiguo pueblo. “El Cerrejón nos ha prometido trabajo y agua, ninguno de los dos hay”.

Antes, dice Ismael, “la vida era sabrosa”. Su esposa Carmen asienta con la cabeza. “Pescábamos, casábamos, cultivábamos. Y agua teníamos del río. Ahora debemos ganar dinero para ir a comprar en la ciudad.” En Roche no hay ninguna tienda.

Antes en el pueblo los hombres jugaban dominó, se sentaban juntos, ahora es diferente. Y parece que no hay manera de volver: el pueblo ya es parte de la mina.

Luego Ismael muestra su casa: una cocina moderna, un televisor y una poseta que no tiene agua este día. Por eso la empresa trae agua en camiones, con esto llenan los tanques de las familias. Las comunidades reciben más de 200 litros de agua por persona por día, doble de lo estimado por la Organización Mundial de la Salud, responde El Cerrejón a la Berliner Zeitung.

Cuando llueve, entra el agua. Los colchones y el sofá se mojan. La empresa también quiere mejorar esto: “El dinero se traslada a las organizaciones de base comunitaria para que estas desarrollen las obras de reparación de manera autónoma”. Particularmente los viejos no aguantaron la mudanza, muchos murieron en las primeras semanas. Dice Ismael: “Acá uno se muere por depresión, no por hambre”. Entonces su loro llamado Federico empieza a hablar un poco de manera ininteligible. Sus alas le han cortado. Como una metáfora del pueblo, que le han robado el alma. Han luchado y han perdido.

Pocos kilómetros más al noroeste, grandes excavadoras comen la tierra del carbón. De ahí el carbón llega por un tren a un puerto, los dos construidos por la empresa para sacar la materia prima al mundo. Cerrejón sabe qué tan importante es la imagen pública en los países que compran el carbón. Por eso hacen mucho esfuerzo para pintarlo verde, “Minería responsable” es el slogan de la empresa; al visitante de la página web le miran unos monos que han sido salvados de las excavadoras y reubicados. Un tour turístico por la mina termina en una gran área reforestada, donde ya están creciendo árboles. Entre 6 y 7 millones de US-Dólares cuesta la reforestación de una hectárea, cuenta el representante de la empresa con orgullo. Al mismo tiempo se necesitan grandes cantidades de agua para regar los caminos para los vehículos de la mina.

La licencia para la extracción vence en 2034. Las existencias de carbón son tan grandes, que se podría seguir extrayendo más tiempo. Según la ley colombiana, solamente el Estado decide sobre el subsuelo rico en materias primas. Si este considera que la extracción es un interés nacional, incluso las comunidades indígenas y afrodescendientes, que normalmente son protegidos por la constitución y por mecanismos como la consulta previa, tienen que desplazarse.

La empresa paga cada año las regalías. En el año 2013 258 millones de US-Dólares, cerca de un 1 por ciento de la cifra anual de negocios. El impulso económico de la mina para la región se determina según los contratantes de los estudios. Aquí en la región minera, la empresa con sus más que 6000 mil empleados directos es omnipresente, es como una ciudad incrustada de manera artificial en la región.

Roche en reparación

En Roche ya anochece y Yoe, líder social, vuelve al pueblo. Tiene 39 años, pelo corto y una cara amplia, él es amigable y elocuente. También Yoe narra de los tiempos pasados: “Éramos algo como la capital de las comunidades. Teníamos la policía, el colegio y el puesto de salud. Hoy – después del reasentamiento – Roche es el pueblo más pequeño de las comunidades”. Yoe dibuja el proceso en que un Roche orgulloso ha sido fragmentado lentamente.

Roche antaño contaba con cerca de 300 familias, finalmente quedaron solamente 25, que fueron reasentadas. “La meta de la empresa era reducir lo más posible el número oficial de las familias”. La empresa negocia individualmente con las familias y las presionan para vender y mudarse. Después de poco tiempo ya se van las primeras familias.

Parte de la estrategia de la empresa era mandar a los llamados “analistas sociales”. “Venían a tu casa, almorzaban contigo. Cuando tenías un hijo enfermo, te daban el dinero para los medicamentos. Se ganaban tu confianza y un día llegaron con una oferta para el reasentamiento. Tal vez las condiciones no te parecieran bien, pero ahora no querías rechazar a la persona que siempre te había ayudado”, cuenta Yoe con serenidad.

En una reunión Yoe, como era la única persona que no estaba de acuerdo con las propuestas de la empresa respecto a las nuevas casas, dos días después recibe amenazas por teléfono y no sabe quién era la persona que llamó. La empresa minera, proveedores o la política local – hay mucha gente que tiene un interés de acabar con la resistencia de la comunidad. Su familia le aconseja retirarse del proceso. Yoe lo hace por un año y medio, en este tiempo toman decisiones importantes. “Si tú resistes, te dicen: -Vos sos un obstáculo para el desarollo, no quieres la prosperidad.” Algunos creen en la empresa y desconfían de su líder social. Esto siembra la desconfianza dentro de la comunidad –y explica por qué los viejos hoy ya no se reúnen para jugar dominó.

A lo cual se suma la falta de perspectivas y un sentido de no futuro. Incluso Yoe realiza trabajos ocasionales para la empresa minera. Aparte de la empresa casi no hay oferta de empleos en la región. Finalmente son ocho familias que se quedan en el antiguo Roche, a ellos se les presiona con un proceso de expropiación. Es el Esmad que despoja a las últimas dos familias de manera violenta.

Pero, cuenta Yoe, existe una comunidad que ha hecho experiencas diferentes con el proceso de reasentamiento. Es un pueblo indígena llamado Tamaquito. Ahí la empresa no podía negociar con las familias por separados, porque muchas solamente hablan Wayuunaiki, el idioma de los Wayuu. Cuando Tamaquito entró a las negociaciones, ya sabían de las malas experiencias de los otros.

Tamaquito

Para llegar a Tamaquito, los mototaxis pasan con muchos esfuerzos por un camino de tierra. Unas ovejas también están en camino al pueblo, cerca se están cultivando plantas. Ya la primera casa ofrece comida. La cocinera se asienta en la mesa y cuenta que su hijo ha muerto en un accidente de motocicleta en la carretera y que eso no hubiera pasado antes. Un momento de silencio, después se pone a llorar.

¿Y la tierra aquí también es tan mala? “No hay mala tierra, solamente hay tierra sin agua”. dice su esposo sonriendo desde fondo de la casa. Uno ya sospecha que tampoco en Tamaquito todo es bueno. Sin embargo parece que la gente ha encontrado otra manera de enfrentar los problemas.

Eso tiene que ver mucho con Jairo Fuentes, 35 años de edad, líder de la comunidad, aunque él mismo no se declarara así. “Cuando tengo una idea, me tengo que poner de acuerdo con todos los demás.” Jairo es un hombre robusto, reloj plateado, camisa rosada.

Algunos lugares en el pueblo revelan que la comunidad tenía un gran impacto en la planificación del pueblo. La escuela es pintada con pequeños diseños que señalan las familias de la comunidad. Hay un espacio para las carreras tradicionales de burros y uno para la lucha libre, cuyo campeón por muchos años era Jairo. Tal vez eso le ha servido para la lucha con la empresa multinacional que ya estaba explotando tierras cuando Jairo nació.

“En este tiempo no pensábamos que este hueco un día iba a ser tan grande”. Al poco tiempo la empresa empieza a comprar tierras. El concepto de títulos de propiedad es extraño para los Wayuu, finalmente se quedan con solamente 10 hectáreas. En su alrededor la vida ya desaparece, así como las calles y el colegio, el aire es contaminado y el agua también.

En 2007 empiezan a negociar por un reasentamiento voluntario. Tamaquito recibe apoyo de organizaciones no-gubernamentales internacionales, les dan capacitaciones para la negociación y juntos desarrollan un catálogo de demandas. El Cerrejón cambia su estrategia y utiliza el caso del pueblo Wayuu como un caso de muestra. De parte de la empresa se hace el comentario de que el trabajo con Tamaquito ha sido exitoso y siempre en acuerdo con la comunidad. “Según estándares internacionales, estos procesos deben desarrollarse de manera participativa y buscar el mejoramiento de la calidad de vida de las familias, a partir de la visión y participación de la comunidad”, dice una vocera del Cerrejón a la Berliner Zeitung.

“Hago mucho esfuerzo para corregir esta imagen,” dice Jairo otra vez sonriendo.

Tamaquito se traslada en 2015 y ahora están en camino de ser resguardo indígena. Para cada éxito tienen que luchar duro. Al inicio el agua no era potable. La gente tenía diarrea y enfermedades de la piel. “El Cerrejón dijo que eso era por el sol”. Entonces Jairo viaja otra vez a Europa y hace “el espectáculo”, como él lo llama. Jairo ha aprendido a jugar este partido. Y es un jugador muy bueno. Desde ahora, la empresa tiene que pagar multas cuando no cumplen uno de los puntos del acuerdo. Finalmente forman su propia empresa para cuidar el agua, el dinero viene del Cerrejón.

Una moto hace correr a un grupo de cabras. Después dice Jairo: “Sin embargo, El Cerrejón nos ha robado nuestra libertad, el aire fresco para respirar, nuestras prácticas culturales, nuestras plantas medicinales, eso es un gran daño para nuestra espiritualidad”. Hay algo que la empresa nunca va a entender, dice Jairo y es que “Nuestros mayores ya no sueñan, ya no se pueden conectar con la tierra. Muy adentro, en nuestras corazones, sentimos rabia”. También Jairo estaría dispuesto a cambiar otra vez el lugar.

Hasta ahí la gente de Tamaquito intenta vivir como antes. Algunos empezaron a construir casas de barro al lado de sus casas de piedra. Los lavabos no los usan en muchas casas y cocinan con leña en vez de utilizar la cocina de gas.

“Tamaquito II optó por negociaciones colectivas y el diseño de un poblado que tuviera mayores similitudes con su entorno original y su cultura indígena”, explica una vocera de El Cerrejón a la Berliner Zeitung. Pero Roche “optó por negociaciones individuales y escogió modelos de vivienda más ajustados al tipo de vivienda característica de la costa caribe colombiana. Cerrejón ha sido respetuoso de las decisiones tomadas por cada comunidad.”

Uno no puede explicar a primera vista las diferencias entre Roche y Tamaquito con la construcción del pueblo. Es su alma, que en Tamaquito ha sido dañada, pero no destruida. Hay que esperar como siguen las cosas, todavía viene el dinero de la empresa.

Para Jairo la lucha recién inició. Su misión no es solamente la defensa de algunas familias, sino de una forma de vivir. Es el conflicto entre dos paradigmas de la buena vida. Una confía en la industrialización y el crecimiento económico; la otra en la sostenibilidad y la comunidad. “A mí eso me recuerda a la colonialización. Ellos querían exterminar a los Wayuu, pero nosotros aprendimos a montar caballo más rápido y disparar mejor que los españoles. Ahora Europa nos ataca con su contaminación del medioambiente”.

Le preocupa el alcoholismo en la juventud. “Los jóvenes quieren ir a estudiar, vivir un tiempo en otros lugares, utilizan mucho la tecnología y tratamos de enseñarles que no olviden quienes son”. Contrario a Roche, nadie en Tamaquito trabaja en El Cerrejón. “No podemos permitir que el carbón mate nuestra cultura”.

En el internet circula un video que cuenta la historia de los afrodescendientes de La Guajira en unos minutos. Hace 400 años algunos esclavos que llegaron de África, fundaron comunidades cerca de la costa. Ahí Vivian independientes pero bajo una amenaza permanente. Se escondieron de los españoles en las montañas formando palenques, así resistieron a los soldados de la guerra de los mil días y vivían de manera autónoma, lejos de la discriminación de razas, en su territorio liberado. Ahora, en el siglo XXI han sido desplazados en nombre del desarrollo económico. Parece que finalmente una empresa multinacional logró colonializar lo que no lograron los ejércitos en 400 años.

Fabian Grieger, viviendo en Berlin y Medellín, autor y periodista, publicando para los diarios taz.dietageszeitung (https://www.taz.de/!s=Fabian+Grieger/) y Berliner Zeitung.

 

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