¿Por qué Medellín expulsa a su gente pobre?

Por: Diego Alejandro Morales Zapata- Politólogo

Los pobres no son bienvenidos en Medellín, las cacerías de pobres en esta ciudad se dan bajo el sol brillante de la eterna primavera ¿Por qué se persigue a las masas miserables en la ciudad de gente tan católica y trabajadora?

La riqueza y la comodidad cosmética con que se presenta al mundo  a la ciudad más innovadora se cimientan sobre el despojo violento de las pobrerías urbanas que deambulan por las calles, buscando  diariamente sus mínimos vitales para seguir existiendo y para nada más. A los pobres de Medellín se les somete a la disciplina del trabajo súper explotado en las calles, bajo la mirada vigilante del paramilitar que controla el espacio público o bajo el ojo del patrón en las fábricas del sur.

Tras la máscara de una ciudad plena está la realidad de las masas despojadas por la fuerza. Sobre su sufrimiento se yergue el acaparamiento de la riqueza por una pequeña élite económica y política, que moldea la ciudad a imagen y semejanza de sus intereses. El maravilloso progreso de Medellín se asienta en el modelo económico  de acumular despojando violentamente.

A los pobres no sólo se les expropia de manera brutal su trabajo y vida, haciéndolos laborar jornadas extensas por una miseria, sino que se les expropia el derecho a existir en el espacio de la ciudad. Se avientan poblaciones enteras lejos del espacio público, para favorecer la llegada de inversiones y negocios de grandes cadenas comerciales y constructoras, que rehacen los barrios al agrado estético de las clases medias.

Las últimas víctimas de las cacerías de pobres organizadas por la Alcaldía de Medellín  fueron  los habitantes  del barrio Moravia. Actuando como bandas de saqueadores  medievales, el ESMAD y los agentes burócratas de alcaldía, junto a sus lavadores de manos como la Personería han expulsado a cientos de familias negándoles siquiera el derecho a vivir bajo un puente, entre las aguas negras del río Medellín.

Pero estos pobres que trabajan apenas por lo mínimo para seguir existiendo, no pueden ser erradicados de tajo con una solución final, como quisieran las élites antioqueñas, los gobernantes locales y la clase media. Los necesitan para que trabajen, para que adecúen territorios, creen mercados, adapten vías de acceso, para que produzcan mucho y consuman poco. ¿Qué sería de esta ciudad sin sus pobres? No se busca hacerlos desaparecer totalmente, se trata sólo de enviarlos a donde no sean visibles, a donde su apariencia, su lenguaje y su sola presencia no contradigan el discurso autorizado sobre la ciudad.

Por ello se les arroja  a las periferias  más inaccesibles, saturadas y amontonadas, se les lanza vivir como escondiéndolos y se les reconoce cuando hay un buen plan de negocios público-privado que haga de ellos algo exótico para los turistas blancos, altos y rubios que recorren la ciudad en chanclas. Se consigue así que los pobres de las periferias de Medellín no se quejen y terminen vitoreando la ciudad que los ha ultrajado. Para esto y  para mover diariamente la fuerza de trabajo desde las periferias hacia el centro y las fábricas es que existe el Metrocable.

Para la clase media de la ciudad los expropiados de Moravia son unos avivatos, que se han hecho millonarios con los generosos subsidios del Estado, malvivientes que quieren todo regalado, que no aceptaron las excelentes ofertas de la alcaldía y exigen que les den palacios.  Son además unos perezosos que no gustan de trabajar y pasan el tiempo engendrando hijos en la pobreza.

Su expulsión es apenas una consecuencia lógica de que se hallan  atrevido  a “invadir”  una propiedad pública o privada. “Invasores” es como los llama la clase media, la misma que ascendió acosta de los subsidios y beneficios sociales del Estado. Clase media que no quiere encontrarse a los pobres en sus mismos espacios, pero necesita más torres de apartamentos para comprar casa con el subsidio público. Para la clase en ascenso los pobres afean el paisaje; la mejor manera de mantener su nuevo estatus es arrojarlos lejos y construir sobre las ruinas de sus ranchos.

Pero no sólo se trata  de un modelo económico frío y calculado, es además la cultura y la identidad paisa. Los pobres son invasores en Medellín porque sólo puede invadir un extranjero, un extraño, un foráneo y el ser paisa implica no ser pobre. La antioqueñidad es   clasista, así, cuando Medellín expulsa a sus pobres está expulsando extraños, a los que no reconoce y admite  como paisas, porque ser paisa  es una posición de clase y no de origen regional.  

 

Imagen de portada por: Colombia Informa

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