“Hasta que se apague el sol”: memorias del Cauca hondo

 quintin Por Jandey Marcel Solviyerte

I

Arribar a Santander de Quilichao por la ruta que viene de Cali bordeando Palmira es semejante a recorrer los paisajes de guerra que las grandes cadenas de noticias nos muestran de otros países, árabes o africanos: tanques cascabel a bordo de la autopista, puestos militares de control en una intermitencia tenebrosa, las vallas repetitivas con la frase: “Viaje tranquilo, su ejército está en la vía”. Siendo justo ello lo que más preocupa: que un ejército y una policía nacionales cuyo deber constitucional es proteger a los ciudadanos de actores armados ilegales como las guerrillas de las FARC y del ELN en la actualidad, EPL, M19 y el MAQL (Movimiento Armado Quintín Lame) hasta principios de la década de los noventa, se aliaran con grupos paramilitares como fue el caso del Bloque Calima, principalmente con el Frente Farallones, para realizar contra las poblaciones indígenas del Cauca masacres horrendas como las de El Naya, El Nilo, Gualanday en Corinto y la de la vereda San Pedro en Santander de Quilichao, así como otras tantas contra líderes campesinos y afros. En verdad que con estos antecedentes siente el viajero que esta tropa pertenece no a los ciudadanos, sino a los intereses de grandes capitales nacionales y extranjeros, hoy socios de las bandas criminales.

Viajan conmigo Fabián, Miriam, Jairo y Osvaldo, con el fin de adentrarnos en varios resguardos indígenas Nasa en la realización del Encuentro de la RedBioCol (Red Colombiana de Energía de la Biomasa) en Corinto, Santander de Quilichao, Buenos Aires, Caloto y Toribío, todos pertenecientes a ACIN (Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca), donde además de compartir experiencias en lo concerniente a soberanía energética, económica y alimentaria, se procederá a la implementación de tres biodigestores como aporte técnico a uno de los objetivos de la red, la soberanía energética en los territorios.

Al llegar a Santander de Quilichao el calor se hace presente y nos saluda al instante. Es una población erigida en una inmensa vega en medio de los ríos Cauca y El Palo. Su ubicación estratégica por su comunicación con el Valle del Cauca y el Pacífico, con los pueblos del norte del Cauca, así como por estar atravesado por la autopista panamericana que conduce hacia el valle de Pubenza, Popayán, el Patía y el extremo sur del país, ruta al Ecuador, hacen de esta ciudad un bastión que desde tiempos históricos ha sido dominado por las distintas fuerzas que han pretendido apoderarse del territorio, algunas con éxito, otras no tanto.

Llegamos a casa de Libia, encargada de recibirnos, quien hace las veces de anfitriona en su hogar, donde acoge a un grupo numeroso de estudiantes y de jóvenes de colectivos artísticos y culturales que presenciaron el Saakhelu. El Saakhelu es el ritual sagrado del pueblo Nasa y congrega a comunidades locales e invitadas; se realizan mingas para construir fogones, ofrendas, compartir alimentos; la ceremonia del árbol elegido como máximo símbolo: su cuidado, corte, transporte y resiembra para el ritual, antecedido por otros rituales ceremoniales, se realiza durante la luna llena de agosto. De allí vienen, del Saakhelu que se realizó en Corinto, bajo el plenilunio cubierto por una nube gris en forma de cóndor. Saludamos a conocidos y desconocidos: sus rostros resplandecían en virtud del ritual vivido.

Para el pueblo Nasa, danzar es religarse a la madre tierra, al sol, la luna, el agua, el viento, el cóndor, el colibrí, las semillas, a los espíritus de los vivos y a los espíritus de los muertos, en armonía total. Cerca de siete mil personas se dieron cita para reencontrarse con el ser Nasa, para compartir en homenaje a la vida, la salud, las plantas y sus fuerzas medicinales. Dicen: “Cada danza tiene un significado distinto. Se danza para que no haya pereza ni envidia en la comunidad. También para que todo lo negativo que está afectando a la gente se aleje de los territorios. Para que los actores armados se vayan y para que la codicia no invada los corazones de la gente. Los participantes danzan para obtener buenas cosechas y para que sus semillas no sean atacadas por las plagas”. En consonancia con el Cabildo Cxhab Wala Kiwe, del cual somos invitados, procede el traslado al sitio donde nos concentraremos.

Tras un recorrido de media hora, a las afueras del casco urbano de Santander de Quilichao se encuentra la Finca Gualanday, obtenida a principios de la década pasada con la lucha por la “Recuperación de la Madre Tierra”, como los propios Nasa llaman este proceso de expropiación de terrenos históricamente indígenas, que fueron arrebatados en las distintas confrontaciones que ha tenido el país. En Gualanday, jurisdicción de Corinto, fue la masacre que dejó 13 indígenas Nasa y un campesino muertos, al ser bajados por un comando paramilitar de una chiva o bus escalera —como se le conoce en otros territorios— para ejecutarlos sin término de juicio. La finca, recuperada a un narcotraficante, pasa a ser un símbolo de memoria para la comunidad del norte del Cauca.

El nombre de esta finca surge en homenaje a los miembros de la comunidad sacrificados el 18 de noviembre de 2001. No en vano la voz del lugar: guayacanes, tulipanes africanos, algarrobos, carboneros y gualandayes son de los árboles de mayor estatura y edad en el terreno donde 60 familias Nasa viven y mantienen proyectos productivos, agrícolas y artesanales. En la extensión de la propiedad colectiva hay varias familias ubicadas en la casona central, otras han construido en terrenos aledaños a la casa principal, algunas más dispersas en la finca. Un salón comunal, al lado del quiosco circular donde se reúnen los mayores a realizar sus ceremonias y rituales. A lado y lado de Gualanday pasa una quebrada con sembrados de bambú en sus riveras. Me entrego al sueño, cercana la medianoche, no sin antes recorrer los alrededores del lugar y, aún más, contemplar el valle de Pubenza, al fondo las luces de Popayán, esclavista y tirana; sobre nuestras cabezas el firmamento estrellado hacia el oeste, y al este, la luna velando astros en esta noche luminosa.

II

Durante toda la noche un nombre se repitió en mi mente: Manuel Quintín Lame. El amanecer despunta en la distancia; aquello que los poetas han llamado lontananza, va de oscuro a azul y luego el firmamento es rojizo y anaranjado a medida que el sol avanza sobre esta parte de la tierra. Bandadas de loros, de garcetas blancas, de caravanas sobrevuelan el pequeño cielo, ahora cian, que nos tocó en suerte, mientras un halcón señala la ruta de su hambre con su vuelo picado hacia el río. Gualanday es una granja porcícola y autosostenible. Un biodigestor de flujo continuo de gran envergadura, de tercera generación, recibe las excretas de los más de mil cerdos que se crían en la finca, generando a partir del proceso anaeróbico gas metano que la propia comunidad aprovecha para cocinar y que el criadero de cerdos utiliza para transformar el gas en energía eléctrica y por medio de lámparas dar calor a los lechones. El efluente o biol que sale del proceso de biodigestión es un abono natural muy potente, el cual también es utilizado por los Nasa en sus sembrados, por lo general sin agrotóxicos.

El día ha sido destinado para la presentación de distintas organizaciones que trabajan en todo lo concerniente a energías renovables y amables con el planeta, a sistemas económicos más acordes con el desarrollo de los pueblos respetando sus autonomías y sus culturas, y en el componente de soberanía alimentaria, las experiencias que se tienen en comunidades de Santander, de Antioquia, del eje cafetero, de la sabana de Bogotá y, por supuesto, del Cauca. El espacio de reuniones es una especie de placa deportiva transformada en salón comunitario, muy cerca de él queda una maloca ceremonial, a cuyo alrededor se siembran los ombligos de los indígenas Nasa nacidos en estas latitudes del norte del Cauca. La energía de este solo espacio —al cual nos es negado ingresar— se siente a distancia, incluso hasta la señal de celular se pierde a medida que uno se acerca a la construcción sagrada, hecha de piedra y madera.

Una representante de la Fundación para la Producción Agropecuaria Tropical Sostenible, Capitulo Colombia, conferencia en torno a la historia de la UTA (por sus siglas en inglés), de la RedBioLAC (Red de Biodigestores para América Latina y el Caribe) y de la RedBioCol, (Red Colombiana de Energía de la Biomasa), ante un público asistente de 80 personas, entre quienes se encuentran integrantes de la comunidad Nasa, representantes de las comunidades afro del Cauca, organizaciones venidas de Cali, de Pereira, y un buen número de estudiantes de Trabajo Social de la Universidad de Antioquia, así como jóvenes de colectivos culturales y políticos de Medellín y de algunos municipios del valle de Aburrá.

Fabián Henao, de TerraZoNet, empresa dedicada al trabajo de energías alternativas, principalmente en procesos de biodigestión y de gasificación, charla en torno a estas tecnologías y da las bases necesarias para la comprensión de todo el proceso de ambas. Su trabajo no se queda solo en la teoría y expone ante la concurrencia un ejemplo de biodigestor y comienza a explicar paso por paso cómo se logra de las heces de animales tales como la vaca, el caballo, el cerdo, el chivo, entre otras especies medianas y menores, obtener gas metano que va a repercutir en un beneficio para la familia o comunidad que use estos mecanismos, como es el caso de la finca Gualanday. La charla termina en terreno, teniendo los Nasa un biodigestor como ejemplo y todos los beneficios que este otorga están a la vista.

Almorzamos al regreso del recorrido por la finca al salón comunitario, donde varios dibujos de seres ya legendarios para el pueblo Nasa-Paéz llenan de sentido el lugar, iconografías de algunos de sus símbolos sagrados, de los murales que retratan el territorio y de las frases que recuerdan dónde nos encontramos: Cxhab Wala Kiwe, Resguardo Munchique Los Tigres. Después del almuerzo vino la presentación de otras organizaciones y personas, y en esa misma dinámica culminó la tarde y parte de la noche, donde el trabajo en torno a los temas que nos convocaban se prolongó hasta pasadas las once. Sobre el firmamento de Santander de Quilichao y en especial sobre la breve superficie de Gualanday, los helicópteros Arpía y Black Hawk sobrevuelan espantando con el ruido tenebroso de sus aspas a las aves nocturnas. Tras su paso, el firmamento queda saturado de estrellas y en silencio.

III

Tercer día en tierras caucanas. Hay un no sé qué cómo nombrar, una imposibilidad de lenguaje que pudiera limitarse a expresar, en tono muy coloquial, que la energía de este territorio alcanza a adentrarse más allá de las fibras físicas que nos atan a un yo inexistente, y el ser de a pocos vuelve a emparentarse con la comunidad, con la completitud de la naturaleza. Con los pies desnudos sobre la tierra, como siempre me ha gustado estar, siento que soy pieza que concatena en una especie de maquinaria sublime que nos rebasa. En los tiempos del Sol de la Montaña “Yu’khsek”, y del Tiempo Oscuro “Çxhi’dxa’te”, apareció la Culebra Verde “Ulçẽy”, protectora de las fuentes, manantiales, ríos, lagunas, la lluvia y los ojos de agua, presagiando la unión entre el Agua Yu’ y el Trueno Kpi’sx. De igual forma entre Kpi’sx y A’ las Estrellas. Una historia trastocada en leyenda venida de antaño. Cuando la punta de la Estrella roza la superficie de las aguas de la laguna, emerge de ésta una semilla que, acompañada por la esmeralda y el armadillo recamado de oro, logra retoñar en tierra. Esta semilla es el pueblo Nasa-Paéz; estos sus orígenes milenarios hoy aquí presentes.

El día transcurre con intervenciones de parte de los representantes de las organizaciones, mientras algunas indígenas Nasa en particular atraen mi atención: escuchan las exposiciones sin dejar de tejer un solo minuto. En el tejido está la memoria de los Nasa. Cada fibra de hilo tiene una finalidad dentro del gran entramado. Se teje y se danza, se cocina y se teje, se trabaja la tierra y se teje, durante la ceremonia se teje, nace un nuevo hijo y se teje. Las mochilas que en este caso están urdiendo, tienen toda esta brillante cosmogonía estampada en sus diseños y llenan con sus colores la atmósfera de magnificencia al mediodía. Registro con una videocámara vieja lo que me va dictando el capricho, la emoción o el instinto. Como siempre, apunto en una libreta todo aquello que escapa al lente, el cual solo atrapa el artificio.

Con el advenimiento de la tarde nos tomamos un tiempo prudente para empacar y dirigirnos hacia el Cabildo Indígena Las Delicias en el municipio de Buenos Aires, donde conoceremos la aplicación en terreno de los sistemas de biodigestión de flujo continuo, tipo Taiwán, el cual es el modelo de mayor uso en Colombia en la actualidad. Al salir de Santander de Quilichao el conductor del bus, Nicolás, de un carisma que le genera empatía entre los viajeros, nos transporta por la vía que de Quilichao va a Palmira y a Cali, se desvía a la izquierda de la ruta y comienza a conducir por una carretera destapada que a medida que asciende permite ver desde la altura las dimensiones del pueblo y la hermosura del valle sobre el cual se asienta. La carretera se adentra por entre bosques nativos por esta montaña en cuanto la vegetación va cambiando. Las últimas luces del día se desvanecen y sobre el follaje de los árboles que presumen una danza al contacto con el viento se revela un firmamento alcatifa.

Por el estado de la carretera, la falta de luces y las condiciones del terreno quebradizo, llegamos pasadas las nueve y media de la noche hasta el sitio donde pernoctaremos, una casa estrecha donde nos ubicamos como gusanos en cosecha. En suma, son las condiciones, siendo una mínima incomodidad para todo lo que a bien nos legaría en lo sucesivo. Salgo a las afueras de la casa a fumarme un cigarrillo. La persona que nos había recibido observaba hacia lo impenetrable de la noche el paisaje que se sabe de memoria. Cruzamos unas cuantas palabras, muy respetuosas por cierto, en tanto el genuino espectáculo de la luna aparece en lo alto por entre nubes grises; otros visitantes salen a ver la clara imagen y comienzan a recordar la noche de plenilunio en el Saakhelu, y de cómo una nube en forma de cóndor llegó a cubrirla, lo que exaltó de emoción a los concurrentes recordando el ritual que los religó.

IV

Despertar en Las Delicias, con una vista que señala por un lado hacia Suárez, y por el otro hacia Buenos Aires es, en esencia, de preservar en el nicho del recuerdo. Sierras a lado y lado descienden formando cañones estrechos, pequeños valles y hondonadas. El resguardo está ubicado en la zona de altiplanicie, con un clima templado más cercano al frío, y desde muy temprano los rayos del sol que viajan en el éter, comienzan a iluminar todo el panorama del resguardo, asentado entre dos cuencas —hoy día secas por efectos del verano prolongado que en estas tierras ya alcanza siete meses— que atraviesan el territorio paralelas al poblado.

Terrazas escalonadas van formando los caseríos que por este tipo de poblamiento se diferencian por sectores entre sí. La Iglesia construida en madera y materiales de la zona, más cercana a una maloca que a una capilla católica, con su séquito de techumbres a su alrededor. El espacio ceremonial abierto donde reposa un árbol seco, segura evidencia de un Saakhelu anterior, por donde los habitantes transitan en distintas direcciones a sus labores cotidianas. El sector de la escuela, donde otro corro de casuchas se apilan unas a otras queda a mano derecha del resguardo, visto de occidente a oriente, y al lado de la carretera que conduce a otras veredas y territorios monte abajo.

Luego de un desayuno con arroz, huevos, pan y unas deliciosas hojuelas de plátano, pasamos a un salón donde se encontraba la persona que el día anterior nos había recibido, Neis Oliverio Lame Camayo, director de la Institución Educativa para el Desarrollo Intercultural de las Comunidades INEDIC, por medio de la cual se propone dar un giro a la educación de los niños del Resguardo, del Cabildo y del pueblo Nasa en general. Se vuelve a dar el nasa yuwe, como lengua madre, y el castellano con el fin de no desconocer bajo qué sistema político existen como comunidad ancestral y en un mundo hispanoparlante a su alrededor. Allí no solo se les enseña a sumar y restar, sino que cada enseñanza tiene su ejemplo inmediato, sea en la granja, en los corrales de los animales o en el aula de estudio. Principios de agroecología, de soberanías alimentaria y económica, lingüística y cultural, hacen de este modelo de Escuela Nueva un piloto que rompe los paradigmas de la escuela tradicional.

La charla de Neis Oliverio Lame es muy instructiva. Es docente a la par que director de la institución, estudió un posgrado en etnoeducación y se ha desempeñado como gobernador indígena del Cabildo, sitial que abandonó para dedicarse de lleno a su apuesta, la educación. Ante la pregunta realizada por una joven ávida sobre cómo manejan al interior de la comunidad la situación cuando los niños son muy inquietos a la hora del estudio, o en su vida cotidiana, el mayor Neis, como se le conoce entre los Nasa en término genérico a sus autoridades, contesta: “Se les lleva a La Chorrera”. “¿Y si son muy bajos de ánimo, que pasaría?” —Pregunta la joven. “Se les lleva a La Chorrera”. —Responde el mayor Neis. Un tercero, creyendo que con su pregunta iba a poner en aprietos al educador, la lanzó: “¿Y es que acaso La Chorrera esa les sirve igual para todo?”, ante lo cual el mayor Lame Camayo contesta: “Si son muy subidos de ánimo se les lleva a La Chorrera cuando hay Luna Nueva, para que el efecto le baje los impulsos; si, por el contrario, es de temperamento temeroso e indeciso, se le lleva en luna llena, y así, todo depende del momento”. Un cuarto interlocutor le preguntó cómo era el tratamiento en lo concerniente a las plantas sagradas; de la manera más calma y con la mayor sabiduría sobre la tierra, le contesta: “Mijo, todas las plantas son sagradas”. Ante tamaña respuesta, todos enmudecimos y se acabaron las preguntas inútiles.

Este hombre de conocimiento es descendiente directo de Manuel Quintín Lame, quien, además de ser uno de los líderes del pueblo Nasa del siglo XX, es una de las figuras más importantes de la historia reciente de Colombia. Neis, de hablar pausado, culmina su intervención y nos dirigimos a la construcción de los biodigestores, uno en la Institución Educativa Las Delicias, donde nos encontramos, y otro en la Institución Educativa El Mandarino, escuela a la cual debemos trasladarnos con una parte del grupo.

Para poder llegar a este lugar hay que recorrer una carretera que desciende por entre cañones formados por quebradas, secas hoy día por el intenso verano. A lo lejos, a mano derecha de la carretera, se observa el cerro de La Teta, monumental montaña piramidal la cual es uno de los símbolos naturales sagrados del pueblo Nasa. La vegetación está reseca, los pastos agónicos urgen una gota de lluvia, los animales y los seres humanos claman a los espíritus para que cese la arremetida de la sequedad.

Al llegar a El Mandarino nos recibe el profesor Iván Ñáñez, un hombre joven, de tez blanca, ojos azules y de un metro con ochenta de estatura. A su alrededor, los niños revolotean como pájaros en torno a una fuente cristalina. Si bien Iván nació en Popayán y es de clara ascendencia mestiza, en su ser se siente un indígena Nasa, y es aceptado por estos como tal. Con él comprendemos un poco más el modelo de la Escuela Nueva. Luego de presentarnos y escuchar al docente, quien se expresa de manera desenfadada sobre su papel en la educación de los indígenas, comenzamos a construir en comunidad el biodigestor. Hombres, mujeres y niños trabajamos en ello en comunión entre pueblos.

La tarde se desvanece mientras los arreboles colorean el firmamento en tanto que bandadas de pájaros vuelven a sus nidos para descansar de las jornadas de vuelo y búsqueda de alimentos. Subimos de nuevo al bus que nos transporta y volvemos a Las Delicias, donde los compañeros que se quedaron nos esperan para retornar a Santander de Quilichao. En el camino, somos detenidos por la Guardia Indígena, por motivo de un cortejo fúnebre que es acompañado por cientos de personas. Tras el paso del funeral, avanzamos por la cuesta hacia la autopista en búsqueda de la ruta a Gualanday. Llegamos pasadas las once de la noche. Los helicópteros no paran de sobrevolar el poblado y la finca. En el sueño, las raíces de un inmenso árbol surgen desde el fondo de la tierra hasta ser un tallo que, de a pocos, crece hasta engrosar y dar ramas de follaje espeso. Los frutos que emergen de él son de luz; una luz que ilumina un sendero donde aparecen animales de toda especie a lado y lado. Cantos salen de sus gargantas, una música que se acompasa con el viento, el cual penetra en mis huesos y me tañe como a una flauta. Al amanecer, mi ser se siente más compenetrado con esta tierra mágica, hermosa y misteriosa. La luz del sol me sonríe a medida que aparta el reino de las sombras del perfil de las montañas y del valle que reposa en silencio.

V

Muy de mañana avanzamos en dirección a Toribío. Santander de Quilichao, Caloto, a cuya margen occidental cruza el río Palo, de memorias ancestrales que resguardan las luchas del pueblo Nasa contra los invasores de toda especie. En medio de estas dos poblaciones, hoy día duramente atormentadas por la guerra, se dio durante la época de independencia la batalla del río Palo, 15 de julio de 1815, donde los ejércitos independentistas dieron una contundente derrota a las tropas españolas que venían desde Popayán con la intención de tomarse las posiciones de los patriotas. Indígenas, negros, mestizos y criollos se juntaron para enfrentar a los invasores y expulsarlos del territorio. Hoy como ayer, la guerra.

Pasando las vegas de Caloto una gran línea de indígenas Misak o Guambianos, como también se les conoce, pinta de vivos colores la autopista, mientras se dirigen a un encuentro de su pueblo y a un ritual sagrado que realizan por estas fechas. A mano derecha, donde se junta el río Isabelina con El Palo, comienza el ascenso a la cordillera donde Tacueyó y Toribío se encuentran. En el vehículo, los viajeros quedamos sorprendidos por el paisaje bello y escarpado de estas montañas. A medida que ascendemos comienzan a observarse los distintos sembrados de marihuana que casi en su totalidad cubren el terreno. Los cultivadores, para agilizar el crecimiento de la planta, fruto de tantos conflictos, de noche las iluminan con lámparas que alcanzan a verse desde la altura cuando un avión sobrevuela por el territorio. Por algo a Toribío se le llama la ciudad fantasma, puesto que de noche parece una ciudad por las luces de los sembrados, en cuanto que de día solo se ve el verde innumerable de las montañas caucanas.

En Toribío nos recibe otra comisión de Nasas, quienes nos acompañan hasta el CECIDIC (Centro de Educación, Capacitación e Integración para el Desarrollo Integral de la Comunidad), espacio de conocimiento donde los Nasa aprenden a la manera de la Escuela Nueva, todo lo concerniente con respecto a la agroecología, a la lengua nasa yuwe, a la multiplicación de saberes con el fin de fortalecer también la educación superior. Es un espacio amplio con sede escolar, desde primaria a estudios universitarios conviven en este complejo dedicado al conocimiento aplicado en terreno. Yimy Jansasoy es uno de los encargados de darle vida a este lugar que nos recibe con la mejor de las disposiciones. Es un hombre joven, de poco más de cuarenta años, quien está convencido de que la educación es uno de los pilares fundamentales de toda cultura, y que es a su vez una herramienta de resistencia contra la arremetida de los poderosos e invasores del territorio.

De retorno a Toribío nos detenemos en la población para adquirir algunas artesanías hechas por manos que han aprendido por generaciones a trasmitir su conocimiento y espiritualidad. Toribío ha sido uno de los pueblos que más ha sufrido la guerra en Colombia. En muchas de las fachadas de las casas está la evidencia del conflicto, de los combates entre guerrilla y fuerza pública. Tomo la cámara y registro las casas, los salones comunales, el comando de policía y el del ejército. Trincheras instaladas en cada esquina también son testimonio de la realidad que aquí se vive. En la misma calle donde el ejército tiene su base y sus búnqueres, hay varios murales de símbolos, personajes, paisajes del territorio y cultura Nasa: las montañas, los dibujos sagrados, Manuel Quintín Lame, el padre católico de origen indígena Álvaro Ulcué Chocué, quien no solo se encargó de traducir al nasa yuwe la biblia, sino que, además, apoyado en la frase de Quintín Lame “Tierra para la Gente”, propone un cambio de conciencia en los últimos años de la lucha del pueblo Nasa: “Gente para la Tierra” será la frase que simbolizará la nueva esperanza de resistencia de este pueblo valiente.

A pocos metros de la base del ejército se observan también grafitis alusivos a las FARC-EP, siendo Toribío un territorio donde esta guerrilla ha operado desde hace muchos años, como un actor más que los indígenas tienen que soportar dentro de sus tierras. Luego de este breve paso por el casco urbano tomamos la ruta que conduce a Caloto y de ahí a Santander de Quilichao. Cuando cae la noche con su espesura de ala sombría, llegamos a Gualanday. Esta es nuestra última noche en el Cauca. Hacemos una pequeña ceremonia de despedida, abrigados por el calor humano de nuestros anfitriones. Casi a las tres de la madrugada empezamos a desarmar las carpas donde hemos dormido estas noches. Antes de que amanezca nos despedimos de Gualanday, de Santander de Quilichao y tomamos la ruta de regreso al Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Antioquia.

Cuando estamos a punto de ingresar en territorio antioqueño, luego de más de quince horas de viaje, recuerdo una de las leyendas del pueblo Nasa-Paéz, la de Juan Tama de la Estrella, hijo de la estrella, del trueno y del agua, quien encarnó en hombre para defender a su pueblo de los invasores europeos, y quien luego de lograr su objetivo, expulsar al hombre blanco y recuperar un territorio para su pueblo, volvió a la laguna de donde nació con la promesa de volver un día a acabar con las injusticias que persiguen a sus hermanos. Ese día quizá este pronto, quizá lejano. Con todo, los indígenas Nasa del Cauca y de otros departamentos de Colombia continúan su proceso de recuperación de la Madre Tierra, hoy cuando los intereses de las multinacionales y de las bandas criminales los tienen amenazados. Una resistencia que durará, como dicen los Nasa: “Hasta que se apague el sol”.

Septiembre de 2015

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