Entre flores y miseria

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Por Daniel, Colectivo de Trabajo Pachakuti.

Comienza agosto y como es costumbre Medellín protagoniza su evento hito, la Feria de las Flores, que cada vez se torna tan elitista como los empresarios que la auspician. El pequeño feriado de ayer hoy se perfila como un lugar en la agenda del turismo internacional y pretende cumplir con el destino escogido para la ciudad de la eterna paraquera: prestar servicios, sobre todo si ello se traduce en visitantes que hablen inglés y gasten en dólares.

Muchos pueden argumentar de tono “pujante” el impulso que da la feria a la economía local, sin embargo,  ¿qué efectos “secundarios” trae este mega evento para la vida  urbana?

La noche anterior mientras nos disponíamos a abordar el metro, un joven habitante de calle que no sobrepasaba los 30 años, bastante alterado gritaba hacia la estación denunciando la persecución y presunta desaparición que efectivos de la policía estarían realizando contra su comunidad, señalando incluso traslados, ataques con puñal y responsabilizando al comandante de la policía metropolitana de violentar su integridad  física.  

Los hechos transcurrieron sobre las 8:30 de la noche del pasado lunes 6 de agosto de 2019. Mientras el joven iracundo reclamaba respeto a su integridad y lanzaba además de improperios, rocas contra la estación hospital del Metroplus, los transeúntes sacaban juicios sobre el  estado mental y  el “mal viaje” en el  que  se  encontraba. En cuestión de minutos llegaron dos policías motorizados que se “encargaron de la situación”,  sabrá quién de qué  forma.

Puede que el testimonio del joven no cuente  con veracidad para  muchas personas, pues  la  sociedad nos ha enseñado a desconfiar de los desposeídos, a ridiculizar al adicto, a no reconocer sujetos en las personas en situación de calle. No obstante, la práctica de la “limpieza social” no es  nueva en nuestro territorio y sabemos se intensifica previo a los grandes eventos de ciudad como los Juegos Suramericanos Medellín 2010, el Foro Urbano Mundial 2014, la Cumbre de la OEA 2019 y por supuesto, la Feria de las Flores.

La ciudad de Medellín hace un par de décadas se perfila como ciudad clúster y para atraer la inversión extranjera tiene que mostrarse “segura y limpia” como una “tacita de plata”. En esa lógica de mercantilización, la pobreza y el habitante de calle son un estorbo para los grupos de poder y la administración municipal. Dentro del  repertorio de soluciones a ese problema pintan las fachadas de barrios marginales, funcionarios de espacio público arrasan con las ventas ambulantes, encierran a los habitantes de calle en refugios y en el peor de los casos los desaparecen. Sin embargo, es bien paradójico que los dueños de los flujos de mercancía “ilegal” y sus ganancias que se mueven al interior de estas comunidades –y no son pocas- se mantengan intactos con todo lo espectacular de los operativos que Federico quiere mostrar en su campaña presidencial permanente.

Esta es otra faceta de la Medellín violenta, la clasista, la doble moral, la que engendra miseria pero la esconde, la que festeja en silencio bulloso, con los ojos cerrados y los oídos tapados.